¿HASTA DÓNDE QUEREMOS AVANZAR EN DESTERRAR AL ENEMIGO?
PARTE 1
Para empezar, preguntémonos: ¿Hasta qué punto somos aguerridos en despojarnos de todos aquellos enemigos, llamados pecados, que se levantan para que nosotros no obtengamos nuestra tierra prometida? La razón es que hay pecados, enemigos que erradicamos, de los que nos despojamos con determinación; pues somos conscientes que nos estorban y de todo corazón no los queremos en nosotros y por eso nos sometemos a despojarnos, según Efesios 4:22. Pero hay otros enemigos que persisten en no irse de nosotros, como pasó con los cananeos en medio de los hijos de Manasés: «Más los hijos de Manasés no pudieron arrojar a los de aquellas ciudades; y el cananeo persistió en habitar en aquella tierra» (Josué 17:12).
Para entenderlo, observemos quiénes eran los de la tribu de Manasés, cuál fue su proceder o al menos lo qué significa. Primero, Manasés fue hijo del hebreo José, su madre Asenat era egipcia. Lo que permite afirmar que, Manasés por su linaje, era mitad hebreo y mitad egipcio. Esta tendencia a congeniar con lo que era de otro linaje persistió en esta tribu, la Palabra nos cuenta, por ejemplo, que Asriel, hijo de Manasés, era hijo de una concubina siria (1 Crónicas 7:14).
Este asunto se manifestó en el tipo de altar que ofrecieron, un altar como parte de la fe hebrea pero hecho a su manera de gran apariencia, a lo egipcio, simbólicamente a la manera del mundo, de buen aspecto (Josué 22:10). Esto ocasionó un problema en su entorno y una tremenda confusión, porque ni la forma, ni el sentido representaban al Dios hebreo. El altar del Señor era para holocausto y sacrificio; sin embargo, el que ellos inventaron era, según su parecer, para testimonio. Esto evidencia que esa mezcla era fruto de su herencia espiritual, fruto de su estirpe, mitad hebrea y mitad egipcia.
Ya sabemos que Egipto en la Palabra de Dios tipifica al mundo. Preguntémonos, pues: ¿Vamos a persistir con un doble linaje, uno de Dios y otro del mundo? ¿Es decir, persistiremos en ser mitad hebreos y mitad egipcios? ¿O vamos a pelear hasta erradicar lo que no es nuestro, hasta que nos despojemos de todo lo que sea de Egipto en nosotros? Pues los hijos de Manasés no erradicaron a los cananeos: «Más los hijos de Manasés no pudieron arrojar a los de aquellas ciudades; y el cananeo persistió en habitar en aquella tierra» (Josué 17:12).
Lo anterior nos permite inferir que a los de la tribu de Manasés les faltó la fe y el amor por la libertad total de los hebreos, para despojarse totalmente de los persistentes cananeos y prefirieron hacerlos parte de su vida, de su doble linaje.
Recordemos que nuestra carne no ama lo que es del Espíritu de nuestro Dios. Además, nacemos sin Cristo, con una naturaleza desprendida de Él, natural, carnal, rendida al mundo; pero después, recibimos otra herencia, que es la vida de Cristo en nosotros y Su Espíritu nos garantiza el poder para vencer esa vieja naturaleza.
De manera que Su Espíritu en nosotros nos ayudará con un poder ferviente para poder creer que podemos ir más allá, hasta extirpar, despojar, llevar a la cruz y renunciar a todo aquello que no es de Dios en nosotros. Solo así podemos recibir también por fe lo nuevo, la libertad total y que Cristo sea el todo en nosotros, hasta poder decir, tal como Jesús dijo: «No hablaré mucho más con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo, y él no tiene nada en mí» (Juan 14:30).
¿Hasta dónde persistiremos en alcanzar nuestra libertad? ¿Dejaremos enemigos tributarios y seremos libres a medias? Porque la tribu de Manasés, como era mitad egipcia y mitad hebrea, también fue medianamente libre. Hacerlos tributarios, quiere decir que ellos recibieron algo, un beneficio (de parte de los cananeos), a cambio de dejarlos convivir en sus campamentos.
Recordemos que algunos pecados nos ofrecen beneficios. Por ese motivo aceptamos que convivan en nosotros, los hacemos tributarios, pero no nos deshacemos de ellos. Como pasa, por ejemplo, con los pecados de inmoralidad sexual, que nos ofrecen placer, o la vanidad, que dejamos en nosotros a cambio de ser admirados, o el pecado de orgullo, que nos ofrece hacernos reconocer por otros como superiores. También podemos mencionar las relaciones que conservamos a cambio de la comodidad o algún beneficio que nos ofrece, aunque sean relaciones contrarias al Señor. Muchos conservamos relaciones perniciosas a cambio de no estar solos, o a cambio de tener recursos, diversión o, en síntesis, porque nos cuesta enfrentar nuestros vacíos, soledad e incapacidades. Pero la verdad nos hace libres y Dios nos invita a enfrentar lo que en realidad somos para ser transformados por Su amor y poder.
Muchos pecados quedan en nosotros porque les atribuimos una tarea que alimenta nuestros deseos carnales. Eso mismo le ocurrió a los de Manasés, quienes no fueron más allá y dejaron al enemigo en sus vidas a cambio de ciertos «servicios»: «Pero cuando los hijos de Israel fueron lo suficientemente fuertes, hicieron tributario al cananeo, mas no lo arrojaron» (Josué: 17:13).
Pero el Señor nos quiere limpios, por la fe en su sangre y avanzando siempre en nuestra santificación, si creemos en el poder de su Espíritu para ayudarnos. Él no nos quiere como Efraín, que era una torta medio asada, «Efraín se ha mezclado con los demás pueblos; Efraín fue torta no volteada» (Oseas 7:8). Dios quiere que Su obra sea completa en nosotros y esto sólo será posible por nuestra decisión de fe, de verdad y de libertad total que únicamente es posible cuando derrotemos a cada enemigo en nosotros: Cada mentira, cada tibieza, hasta que las áreas de nuestro ser sean gobernadas por el Espíritu Santo.