Efesios 1:6, 12,14
Este es otro fundamento, que parece diluido en el evangelio de hoy, se enseña poco que somos peregrinos, que esta vida es sólo el comienzo de la existencia eterna. Pero los versículos de Efesios 1 son contundentes:
«…para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado».
«…a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo».
«…fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que son las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria».
En ellos, se representa la centralidad de Cristo, no la nuestra. No maduramos para ser mejores, ni para mostrar nuestras excelencias, ni para suponernos moralmente superiores a otros. Maduramos para que Él sea glorificado aquí y en la eternidad.
¿A qué gloria se refiere? ¿Qué quiere decir?
La palabra de Dios revela permanentemente la gloria venidera. Todo lo terreno tiene sentido si nos prepara para lo eterno. Toda la fatiga y la obra del hombre en la tierra deben ayudarle a madurar para lo eterno y para el Eterno. ¿Cuándo se pierde este equilibrio? Cuando la tensión de estas dos instancias, el presente y el futuro desaparece, privilegiando sólo el presente, es así, como nuestra vida pierde la perspectiva del Reino de los cielos, que es eterno, y por otro lado, somos desprovistos de aquello que nos proporciona el sentido para soportar los avatares, las pruebas de fuego, que Dios permite para que podamos madurar. Porque muchas veces somos santificados, limpiados por este fuego. (1 Pedro 4:12, Job 23:10, Salmos 66:10, Isaías 48:10). Pero, quien madura no sólo atiende la realidad de los avatares, heridas y fracasos en su vida, porque sabe que detrás de todo ello hay un Dios que le prepara para un mundo mejor, un mundo al lado del Eterno, un mundo que hoy se niega, pero que para quien cree es tan real como el viento que no se ve pero se experimenta a pesar de ser invisible.
Jesús trabajó para que un día nos reuniéramos con Él
El apóstol Juan en su evangelio nos refiere con detalle la última oración de Cristo y en ella notamos una petición especial. Debemos suponer que al ser esta la última oración del Mesías debe contener una urgencia en su clamor. No se pide cualquier cosa cuando se está en el momento final. Si la lucidez nos acompaña en el lecho de muerte, de seguro no pediremos por cualquier banalidad. Nuestra petición será relevante, trascendental. Así fue la oración de nuestro amado. El contenido estaba centrado justamente en que nosotros, aquellos por los cuales Él dio la vida, pudiéramos compartir con Él la gloria postrera. La Gloria de la reunión final, del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Esta fue la manera como oró: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado: por cuanto me has amado desde antes de la constitución del mundo» (Juan 17:24 RVES).
¿Por qué los escogidos no parecemos percatarnos de la bondad de este fin, de esta visión preciosa? ¿Por qué no aparece este elemento del evangelio como fuerza vital para disponernos hacia nuestra santidad y madurez espiritual? Porque el enemigo se ha encargado de contaminar el evangelio con sus mentiras, al punto que los escogidos viven sumergidos en el cumplimiento de todos los deseos de este mundo, y ajenos a los verdaderos deseos, los eternos, los de Dios, los gloriosos.
¿Cómo lo ha logrado el enemigo? De manera muy sencilla, negando a Dios; o de manera indirecta y más sutil, destacando lo que la Biblia no enfatiza. Dentro de la Biblia aparecen elementos del evangelio que son importantes, pero que no son el fundamento central. La fe es importante, pero el fundamento es Cristo. El Reino es importante, pero el Reino es Cristo; los ministerios son vitales, pero la vida es Cristo; La unción es poderosa, pero la substancia del poder está en Cristo; la transformación social es consecuencia natural de salar la tierra, pero nuestra tierra prometida es Cristo. En síntesis, nos hemos fijado en muchos aspectos, dejando por fuera el fundamento. La persona de Jesús.
Por ejemplo, nos hemos centrado en la sanidad interior, en la restauración del alma. Pero, lo hemos hecho sin percatarnos de que todo empieza en la obra de Cristo, en el nacer de nuevo. También hemos descontextualizando el fin último: «…a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo» Efesios 1:12.
Por ello, los primeros versículos del libro de los Efesios afirman: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual, en los lugares celestiales en Cristo.
Todo empieza en los lugares celestiales, y deja claro desde Efesios 1 del versículo 1 al 14 que esta bendición también fue desde antes que fuéramos aquí en la tierra, «Según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo» y para después de ella: Sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es en arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.
Pero, una vez puesto el énfasis incorrecto se desplazó el equilibrio entre lo presente y lo esperado, y por tanto, se desplazó al deseado, por lo deseado. Ciertamente, lo deseado puede ser un asunto espiritual y bueno. Sin embargo, tiene un problema, nos deja centrados en nosotros mismos y sin una visión a largo plazo para nuestras vidas.
Por eso también en el libro de los Hechos se relata que la predicación que atrajo multitudes en la época de los apóstoles era en su contenido centrado en el siervo suficiente. Este libro registra cómo, el mismo Señor le agregó a Pedro una multitud de tres mil oyentes. Con un mensaje centrado en la obra de Cristo en la cruz. Sin más promesa que la gloria futura. Y sin vestigios de un tiempo mejor en la tierra. O, ¿Será atractivo para alguno, aquello que agregó Pedro, sobre «Un sol convertido en tinieblas y una luna en sangre»? No creo. Parece demasiado apocalíptico; entonces, ¿Por qué el poder de este mensaje? Su poder residía en la verdad, Dios hecho hombre, prometido, encarnado, muerto, resucitado y en el poder del Espíritu Santo, ganando una batalla por nuestra vida. Y no solo por nuestro bienestar temporal, sino por la vida eterna. Asegurándonos en la promesa de Su eternidad. Conectados con su esfera sobrenatural y con su gloria eterna
¿No está la iglesia desenfocada en su deseo? El enemigo con sus argumentos mentirosos nos robó el enfoque y por eso nos cuesta un trabajo inmenso anhelar nuestra madurez para un día satisfacer con nuestra vida al Deseado.
De allí que no hallemos en nuestro interior la pasión necesaria, la fuerza motora, para pasar las pruebas necesarias en el hoy, con tal de volverlo a ver a Él en el mañana de la eternidad.
El miedo que experimentamos hoy los creyentes, frente al sufrimiento implícito en las pruebas, que nos da el temple de una cuerda bien afinada para dar un sonido hermoso, es el resultado del énfasis equivocado.
El evangelio que hemos recibido nos dejó atrapados en el punto de nuestros anhelos por una vida terrenal mejor. Hemos perdido el carácter de peregrinos y extranjeros. Queremos arraigarnos, ser restaurados y transformar la sociedad, y quedarnos en un «mundo feliz».
Olvidamos que, en realidad esto es una estación usada por Dios, para restaurar una buena parte de nosotros y llevarnos a otra estación. El día en que el Padre conteste la petición del hijo: «Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado» (juan 17:24)
La visión y el anhelo profundo de compartir la gloria venidera nos infundirá la valentía para perder el miedo en las pruebas finales que se avecinen.
El mismo Pedro caminó sobre las aguas. Sus ojos permanecieron fijos en aquel a quien pretendía alcanzar, pero en un momento miró las olas encrespadas, apartando su mirada de la verdadera visión. Al hacerlo, salió de la esfera del milagro sobrenatural y cayó en medio de sus circunstancias. No se trata de ponderar la fe, ni lo que se consigue con ella, se trata de ponderar a Cristo, el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2).
Si hacemos de Cristo el centro, diremos que Pedro caminó de manera milagrosa sobre las aguas, sin el temor a ahogarse mientras puso sus ojos en Cristo. El deseo de alcanzarlo le infundió la fe y la fuerza. Pero el fin de Pedro nunca fue probarse en el ejercicio del milagro, de la unción o del poder sobrenatural. Pedro quería alcanzar a Jesús, llegar a Él, tocarlo, caminar hasta llegar a Él. Este deseo le infundió la fe, le quitó el miedo y fue hecho un milagro. Sin que ni la fe ni el milagro fueran el fin. Jesús era su objetivo final.
La madurez no es un fin, es un estado que nos permite tener el carácter de santidad para aquel a quien esperamos. Y lo que esperamos va más allá de lo que se nos otorga en este reino terreno. Esperamos al deseado y las promesas de victoria que están presentes en Él.