2025… Y Dios nos enseñó a Orar
Por: Liliana Posso Bonilla
¡Empieza cada año con una visión profética precisa de lo que Dios hará! ¿Suena bien verdad? Siempre queremos saber más, esa es una herencia de nuestros padres desde el huerto. Para ello contamos con pautas bíblicas, la palabra de Dios nos ofrece una guía sobre los tiempos. Y es claro que sus tiempos no siempre son buenos, al menos no para nuestras mentes naturales. Enfrentamos confusión y crisis de uno y otro lado. Vivimos tiempos de dolores.
Frente a todo eso permanece su eterno propósito: ¡Que volvamos a Él! Y volvernos implica, en una buena parte, aprender a orar. Él nos enseña a orar. Y nos ha dado desde siempre, pautas en su palabra.
Más allá de tus circunstancias
Si aprendes a ver los propósitos de Dios en todas las cosas. Oramos no sólo por las circunstancias, oramos sobre todo por la voluntad de Dios escondida en cada circunstancia.
Tres hombres en la Biblia oraron de una manera especial frente a la adversidad: Nehemías, Esdras y Daniel.
Esdras regresó esperanzado de la cautividad babilónica. Volvía a su tierra con buenas expectativas; la promesa de un respaldo económico y la promesa más segura del Rey que es sobre todos, quien había mandado que se le edificara casa en Jerusalén, que está en Juda[i].
Tomó todo un ejército de hombres, imagino que con sus mujeres y familias. Tomó también levitas, sacerdotes y a todos aquellos cuyo espíritu despertó Dios para hacer la obra. Además, el acarreo no era pequeño, tazones de oro, piezas de plata, y cinco mil cuatrocientos objetos de valor formaban parte del equipaje.
Así que regresaron a Judá, edificaron el altar y ofrecieron los holocaustos. Colocaron los cimientos del Templo y tuvieron que luchar contra muchos adversarios[ii]. Ese arduo trabajo y esa lucha en nada afectaron a Esdras, pero la unión del pueblo de Dios con mujeres extranjeras, una afrenta a la ley que Esdras tanto amaba, sí que logró sacar las lágrimas del maestro y sacerdote. Así que afligido se sentó en cilicio y derramó su corazón en una oración llena de la voluntad divina.
Sus lágrimas no eran sólo por el tipo de vida con que estas mujeres herían el lomo de los hombres que, sufrían atados a ellas en yugos desiguales. Esdras tenía claro que el sufrimiento no era el problema real, el problema era el pecado de quebrantar la ley al mezclarse con mujeres paganas. Igual sucede hoy, sólo que en la actualidad hemos invertido las prioridades. Hoy oramos porque Dios cambie las circunstancias, pero nuestra oración no incluye el “Hemos pecado contra ti”. “Hemos dejado tus mandamientos”[iii].
Hoy nos llenan de pavor las adversidades y oramos para que cambien las circunstancias difíciles, pero omitimos dos cosas: Identificar el pecado que nos lleva al sufrimiento y con ello a la muerte, pero además, se nos olvida reconocer delante de Dios sus maravillas.
Nehemías no oró por las puertas quemadas
Tanto Esdras como Nehemías querían restaurar la ciudad. ¿Quién dijo que la vida material no importa? Claro que les importaba restaurar el Templo, reconstruir la ciudad, y volver los utensilios sagrados a la Casa de Dios. Por eso después de la visita de Hanani, Nehemías quedo trastornado. Las noticias no eran buenas, el reporte era claro:
“El remanente, los que quedaron de la cautividad, allí en la provincia, están en gran mal y afrenta, y el muro de Jerusalén derribado, y sus puertas quemadas a fuego”.
Y la respuesta de Nehemías contundente “Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos”[iv].
No era nada personal. Hoy nos conmueve todo lo personal. Pero ni Esdras, ni Nehemías lloraban por un asunto de su vida sentimental, no estaban centrados en los vaivenes de sus almas, no les dolía nada familiar. Les dolían los intereses de su Dios y de su pueblo.
Nehemías oró. Pidió la atención de Dios y derramo su alma, no por las puertas quemadas, no por el muro de Jerusalén derribado, porque entendió que el gran mal y la afrenta requerían una solución de raíz. Una solución que el hombre no ofrece, que poner puertas nuevas y ladrillo sobre ladrillo no resuelve. Una solución que sólo Dios puede dar a aquellos que saben ver el mundo espiritual y disciernen que el meollo del asunto es: HEMOS PECADO. Por eso oró “Y confieso los pecados de los hijos de Israel que hemos cometido contra ti”.
Daniel buscó la palabra profética y oró
A la altura del capítulo nueve del libro de Daniel, ya el profeta no era un muchacho. Llegó en el reinado de Nabucodonosor, pero había sobrevivido los gobiernos de Belsasar, Darío y Ciro. Ya no era el jovencito que llegó de tierra de Judá. Era un viejo sabio y entrado en años, a las puertas de la eternidad que le espera a quienes caminan cerca de Dios. Él sabía que la profecía más segura estaba en los Escritos y por eso consultó. ¿Qué había dicho Jeremías acerca de esos tiempos? ¿En qué tiempo se encontraba su nación?[v] Supo claramente que se acercaba el cumplimiento de las desolaciones de Jerusalén.
Una vez más aparece la clave que aquí dejamos. Por tanto, Daniel oró: “Hemos pecado, hemos cometido iniquidad”. Tenía influencias en la corte, hubiera podido mover sus fichas políticas y confiar en algún funcionario de confianza, hubiera podido armar una protesta. Pero él ya era un hombre pasado por las pruebas, puesto en manos de magistrados, sátrapas, príncipes y capitanes[vi], hombres impíos cuyas influencias terminaron en un edicto propio de los tiempos de persecución. Pero en medio de la prueba, Daniel supo hacer lo que le había dado mejor resultado: “entró en su casa, y abiertas las ventanas de su cámara que daban hacia Jerusalén, se arrodillaba tres veces al día, y oraba y daba gracias delante de su Dios, como lo solía hacer antes.” Daniel oraba. Hoy podemos orar, es fácil, de libre acceso, aun públicamente si la vergüenza no nos limita. Pero Daniel oró a puertas abiertas y el edicto había sido claro al sentenciar que “cualquiera que en el espacio de treinta días demande petición de cualquier dios u hombre fuera de ti, oh rey, sea echado en el foso de los leones.”
La sanción era de muerte. Si usted ora, irá directo a las fauces de un león hambriento. Pero Daniel no podía negociar esa oración, apoyado en la petición de Salomón en 1 Reyes 8:46-51 sobre el Templo recién levantado, clamaba ardientemente por la liberación de su pueblo.
Así que el rey, que se sujetó a su propia ley no lo pudo librar. Porque en tiempos de persecución las leyes son una buena herramienta del diablo para oprimir al pueblo de Dios. Pero Dios, que sabía todo esto, llegó antes que el profeta al foso tenebroso, por medio de un emisario angelical para cerrar la boca de los leones.
Daniel también sabía que al foso iría de la mano de Dios. No protestó, confió. Y aprendió que aunque el rey no lo podía librar, era más segura la mano del Dios Altísimo. Por eso enfocó su oración, no en la necesidad de ser librado, sino en el reconocimiento de que… “hemos pecado”.
¡Ah, sí aprendiéramos esta sencilla lección de oración! ¡Cuántos no seriamos librados en medio de las adversidades al estilo de Daniel! Cambiaríamos nuestro enfoque al orar, y no quiero decir que algunas circunstancias no sean malas y deban ser quitadas, sino que… ¡Lo más malo es que “hemos pecado”!
Pero nosotros no hemos sido enseñados para entender la realidad desde este punto de vista, necesitamos entender que, como justamente decía el profeta Jeremías “porque pecasteis contra Jehová, y no oísteis su voz, por eso os ha venido esto.”[vii]
A la manera de jesús
Es necesario aclarar que no siempre la razón será que “hemos pecado”. Pensar de esta manera sería actuar como los discípulos en Juan capítulo 9, cuando le preguntaron a Jesús, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego? Respondió Jesús: No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él.
Siempre el Señor mostrará su gloria. Pero no podemos olvidar que estamos en un tiempo donde Dios nos está llamando a cuentas para que el juicio empiece por su propia casa. Por ello orar poniéndonos a cuentas con Él es un enfoque que va a funcionar todo el tiempo. De antemano sabemos que siempre Dios se llevará la gloria, porque esta le pertenece sólo a Él. Dios se glorificará y nosotros clamaremos por ser perdonados y transformados por su poder.
Y porque el mensaje neo-testamentario sigue siendo el mismo, Jesús no intentó reparar el templo. Él manifestó su plan eterno, y ahora el templo somos nosotros. Su manera de iniciar la restauración de su reino fue clara, el encabezamiento de su predicación fue: ¡Arrepentíos!
Así que como lo anunciaron los profetas, como lo ratificaron Pedro y Pablo, como lo estableció el Señor Jesús ya el templo somos nosotros y nuestra esclavitud ya no es Egipto, ni nuestra cautividad Babilonia. Pero igual seguimos esclavos y exiliados de nuestro Dios, de nuestro Edén, de nuestro cielo eterno por los grillos del pecado. Urgidos de restaurar el Templo, su lugar de habitación, nuestro propio corazón. Por todo ello, nuestra oración en consonancia con el maestro debe ser “Señor nos arrepentimos”. Es la oración para tiempos en que la crisis es usada por Dios para volvernos a Él y crecer en santidad.
[i] Esdras 1: 1-4
[ii] Esdras 3-4
[iii] Esdras 9.10
[iv] Nehemías 1.4
[v] Daniel 9: 1-2
[vi] Daniel 6 .7
[vii] Jeremías 40:3