Blog

MADUREZ

MADUREZ

INTRODUCCIÓN

 

 

Hace poco escuché en una nutrida conferencia de pastores que el evangelio está en crisis. Estoy de acuerdo. Pero opino que la solución que escuché en esa conferencia es muy peligrosa. Según el conferencista, para que el evangelio se torne eficaz debe influenciar la cultura.  Creo firmemente en el poder del evangelio, y en que la intención central de Dios es transformar el corazón humano para su gloria, restaurando así su mejor creación para un reino eterno. De tal manera, no es el evangelio el que se ha tornado ineficaz, es la iglesia la ineficaz.

La Iglesia es ineficaz porque ha dejado de enseñar y vivir el verdadero evangelio. El evangelio centrado en la obra de Cristo en la Cruz y en el poder de su resurrección.

El evangelio deja de ser eficaz cuando aquellos que lo portamos dejamos de obedecerlo en nuestros corazones y no lo expresamos en nuestras vidas, hogares y en todos nuestros entornos.

La falta de obediencia y la ignorancia de lo que dice la Palabra nos ha convertido en una Iglesia inmadura. Indudablemente un pueblo que vive de verdad el evangelio sala la tierra con su Santidad. El no vivir lo sobrenatural de su Espíritu en nosotros nos ha dejado sin el poder para disipar las tinieblas.

No es que el evangelio sea ineficaz, es que estamos enseñando versículos descontextualizados y conceptos secularizados de manera forzada, interpretando versículos que tienen otros significados. Enseñamos el uso y abuso de la Biblia, es decir, lo que podemos obtener de la palabra y de Dios; pero en general, no enseñamos la centralidad de la obra de Cristo. No se conoce al Espíritu Santo y no se busca el evangelio en función de glorificar al Señor y ser santificados, sino en función de obtener sus beneficios y llenarnos de vanagloria. Por ejemplo, los creyentes ya no quieren abrazar la cruz, negarse a sí mismos, renovar sus mentes en la Palabra, orar sin cesar, menguar, vivir el agravio y perdonar, pasar tiempo en soledad y silencio con Dios, ayudar a los hermanos más necesitados,  y asistir a los que están en prisión. Y para completar, para nadie es un secreto que, como iglesia, hemos caído en la comodidad de los sillones, ya que al sumergirnos de lleno en la nueva tendencia de la iglesia virtual, hemos dejado atrás la interacción del congregarnos, privándonos así de los conflictos interpersonales que tanto usa Dios para madurar nuestro carácter y sentido de prójimo por medio del superlativo mandato de amarnos los unos a los otros, porque nuestro más alto mandato es: «el de amar a Dios y amar al prójimo tal como nos amamos a nosotros mismos» Mateo 22:36-40.

Esto sin dejar de mencionar que la oración y la lectura diaria de la Palabra en los hogares son insuficientes, porque la vida de consumo nos enseñó que pasar tiempos juntos es ir de compras y comer hasta saciarnos, y ojalá fuera de casa. En general, la vida de piedad que manifiesta el verdadero evangelio escasea. Asimismo, la obra sobrenatural de los dones expresados en milagros de sanidades y demás se ha vuelto exclusiva de algunos, cuando no son más que expresiones falsas de obreros fraudulentos para engañar a personas necesitadas que quieren buscar genuinamente de Dios, pero luego son defraudadas por estos impostores.

Todo lo anterior se explica en el hecho de que Cristo y su obra han sido desplazados para dar lugar a las necesidades humanas y a nuestra manera de hacer las cosas. Tristemente, nos hemos apartado del evangelio, por eso somos ineficaces. Es por esto que, es imperativo volver al evangelio, no tratando de desplazarnos al mandato cultural, sino volviéndonos genuinamente al Gran mandamiento del nuevo pacto, a la persona de Cristo, de Su Espíritu, de Su Palabra, de Su obra en la cruz, de Su resurrección y todo lo que ello implica.

Sin embargo, en vez de buscar la plenitud de la persona de Cristo, hemos mezclado el evangelio con toda clase de aditivos perniciosos, lo cual ha derivado en que ya no tengamos la fragancia de su presencia impregnada en nuestro ser.

Nuestra manera actual de vivir el evangelio se parece a esos perfumes rebajados con alcohol y agua, que, si bien conservan una medida de su sustancia, no son como las lociones finas y puras cuyo olor perdura mientras transcurre el día. La iglesia hoy día huele a política, a prosperidad material, a milagros falsos, a unciones apostólicas extraviadas del verdadero apostolado, el que da la vida por otros; a profecías mentirosas de quienes hablan sin pasar tiempos con Dios y obviando la profecía bíblica, que trasciende la profecía personal, y marca de modo fundamental los tiempos para la iglesia y para la tierra. Hemos perdido la fragancia de vidas que no buscan lo suyo porque han pasado por la cruz hasta hallar una vida de resurrección en Él, en Su Espíritu.

La iglesia requiere volver a oler a Cristo, a su amor; a su sobrenaturalidad. De tal manera, voy a escribir estas líneas para procurar edificar con un evangelio sencillo y sin mezclas, en un área específica: la madurez del creyente. Creo firmemente que la obra de Cristo en la cruz debe impactar primeramente el corazón del ser humano hasta llevarlo a su madurez. Trataré el tema recurriendo sobre todo a las claves que hay en el libro de Efesios. Porque sigo creyendo con todo mí ser, que el evangelio sí funciona. Funciona cuando nos centramos en Cristo, en su obra, en el poder de su Espíritu que nos lleva al Padre y nos trae el cielo a la tierra. Funciona cuando en una obediencia que ama a Dios ponemos por obra la Palabra que se reveló desde los cielos en la Santa Biblia. Creo que el enemigo no se saldrá con la suya, porque Dios prometió que vendrá por su amada iglesia, una iglesia sin mancha y sin arruga a la que el enemigo ha tratado de desviar para poner en vergüenza el nombre de nuestro Dios.

Related Posts

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *