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LOS SANTOS EN GUERRA

 

 

¿CUÁL ES TU JERICÓ?

«Josué hijo de Nun envió desde Sitim dos espías

secretamente, diciéndoles: Andad, reconoced la tierra, y a Jericó»

(Josué 2:1).

«Más Jehová dijo a Josué: Mira, yo he entregado en tu

mano a Jericó y a su rey, con sus varones de guerra»

(Josué 6:2)

A Josué se le llamó para conquistar la tierra, esto implicaba la lucha por desterrar a los pueblos enemigos. La salida de Egipto fue el proceso anterior, pero salir de ahí no quería decir que la guerra terminaría. El viejo enemigo llamado Faraón y todas sus huestes habían sido derrotados, pero ahora el pueblo entraba en otra etapa. Ya en el desierto el pueblo había madurado, de modo que ahora entendía que debía dejar su agitación y dar la batalla en un reposo llamado «confianza en Dios».

 

¿Cómo adaptar esto a nuestras vidas hoy? Primero entendiendo que Egipto tipifica el mundo, ya somos salvos, Dios nos rescató del mundo, ahora somos creyentes; pero la batalla por nuestra santificación es todo un proceso desde que aceptamos a Cristo y el proceso continuará hasta que aprendamos a vivir confiados en Su reposo.

 

Segundo, la Palabra es clave, en cuanto a que las armas de nuestra milicia no son carnales sino espirituales; pues nuestra lucha no es contra carne y sangre, nuestra pelea no es un asunto natural. ¿Contra qué pelamos? ¿Cuáles son los enemigos que tenemos que derribar? ¿Cómo opera esta lucha?

 

En Josué podemos entender esto mejor. Por un lado, él les pidió a los suyos primero ir e identificar a Jericó, la cual era la ciudad sitiada que sería conquistada. Si la Palabra nos dice que nuestra lucha no es contra carne y sangre, nos está diciendo que peleamos contra entidades espirituales y no naturales.

 

Usted debe tener en cuenta tal como nos dice el apóstol Pablo que, «4las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas» e ir «5derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo 6y estando prontos para castigar toda desobediencia, cuando vuestra obediencia sea perfecta» (2 Corintios 10: 4-6).

 

Estas «fortalezas» que llamaremos nuestro Jericó, son paradigmas de mentira que hemos ido involucrando en nuestras vidas a partir de una vida sin Dios y guiados por la influencia espiritual del enemigo. De forma que tales mentiras llegan a nuestras vidas a través de asechanzas, circunstancias, situaciones, conversaciones, hechos, por medio de los cuales leemos o entendemos mensajes que no provienen de Dios, sino que son orquestadas por el enemigo para traer mentira a nuestros pensamientos y a nuestros sentidos. Por ejemplo, ¿Cuántas percepciones de nosotros mismos nos fueron inoculadas en nuestra niñez?

 

Un abandono paternal, un abuso sexual, físico o psicológico, un rechazo escolar, una situación de pobreza, un ambiente de violencia intrafamiliar, ser partícipes de una situación de terrorismo y un sinfín de situaciones similares, deja una marca en nosotros, en tanto se registran en nuestra mente percepciones de la realidad que nos llevan a tener percepciones de nosotros mismos y de los otros que son falsas. Todas estas situaciones no procesadas nos dejan una huella indeleble, desde la que miraremos en adelante nuestro propio ser, a otros y a la realidad misma. Cuando hemos sido abusados, rechazados, traicionados, generalizamos todo esto hasta al punto de llegar a negar a Dios o caemos en incredulidad y basamos nuestra vida en dicha falsedad. Recuerda que el enemigo opera a través de la mentira. Todo aquello que creemos de nosotros, de otros o de algo que no proviene de Dios, es mentira. De ahí nuestra profunda necesidad de conocer a Cristo como nuestra verdad y de cotejar nuestras percepciones con la Palabra de Dios para ajustarnos a la Verdad.

 

El enemigo consigue engañarnos también a través de las percepciones erróneas de aquello que creemos como «cultural». ¿Cuántas mujeres son maltratadas porque culturalmente se asume que la mujer es inferior? ¿Cuántos hombres sufren porque no cumplen el registro de macho alfa que se presupone en muchas culturas? ¿Cuántos se han dejado alejar de una verdadera relación con el Dios vivo, porque recibieron un trasfondo de religiosidad en su cultura espiritual?

 

Dicho de otro modo, es usual que leamos el mundo real como la verdad, pero no siempre lo que creemos real es la verdad. Pregúntese, ¿Lo que usted cree de usted o de los demás es verdad? ¿Cómo Cristo lo ve a usted y a los que lo rodean? ¿Sus circunstancias son para Dios lo que son para usted?

 

Por ejemplo, Cristo fue a la cruz. Podemos imaginarlo allí en medio del Calvario como un ladrón más, crucificado, derrotado, Su vida extinguiéndose como la de cualquier mortal, difamado, humillado y sin poder disfrutar de un proceso judicial justo que lo absolviera de las acusaciones falsas de sus enemigos. Esa es la instancia que podemos llamar «la realidad», pero, ¿Es también la verdad de lo ocurrido? ¡No!. La verdad, según Hechos 13:27, es que, aquellos que torturaron y mataron a Jesús, sin darse cuenta dieron cumplimiento a la verdad, que estaba profetizada desde decenas de años antes y era que su muerte sería la redención de la humanidad.

 

Una cosa es la realidad y otra diferente es la verdad. Nosotros solemos ver la realidad desde la percepción propia de nuestra naturaleza caída, sin la luz de la óptica de Dios y por lo general a partir de la óptica desde donde Satanás quiere hacernos ver, para terminar creyéndole más al enemigo que al mismo Dios.

 

No es de extrañar, entonces, que estas mentiras terminen como una guía de nuestro proceder, al punto que algunas llegan, a convertirse incluso en los paradigmas desde los que construimos nuestra identidad de vida. Por eso, en la Biblia se les llama «fortalezas» pues, son argumentos mentirosos que se vuelven en nuestra vida, como aquellas murallas que albergan a los habitantes contrarios a Cristo, quien es la verdad.

 

Muchos de nuestros comportamientos están basados en esas asechanzas, en esos paradigmas que construimos poco a poco sobre nuestra vida, relaciones, personas y lo peor, sobre nosotros mismos. Debemos preguntarnos, por tanto, si lo que creemos de cada circunstancia, asunto o relación está de acuerdo con la lógica que nos enseñó el mundo, o se debe a nuestra lógica, o si estamos de verdad en la fe conforme a lo que Dios dice. Descubrir estas fortalezas será identificar nuestro Jericó.

 

Así, es necesario revisar los conceptos, desde la óptica de la verdad sobre lo que somos y hacia dónde vamos. Es muy importante, descubrir qué argumentos se encierran en la manera como nos posicionamos frente a los conflictos de la vida.

 

Porque pensamientos tales como: «Necesito alguien que me haga feliz», «No valgo nada», «Soy más o soy menos que otros», «Mi vida no vale la pena» «No tengo futuro», etc., son argumentos que al contrastarlos con la verdad, nos posicionan en otra óptica: «Únicamente Dios hace al hombre feliz, porque en Él estamos completos», «Valgo porque soy hijo/hija de Dios, mi Padre eterno», «Me espera la vida eterna y por esa esperanza me purifico», «Dios no crea a nadie sin propósito y tiene un plan para mí». Estos sí son pensamientos acordes con la verdad de nuestro Dios.

 

Pregúntese: ¿Cuáles son las grandes mentiras que guiaron su vida? ¿Cuáles son esos argumentos que están en la manera en que usted se posiciona frente a la vida? ¿Cuál es su Jericó? ¿A través de qué circunstancias el enemigo cercó su mente, para llevarle a actuar desde fortalezas de mentira? ¿Qué aspectos de la verdad de Cristo no se ha ajustado aún en usted? ¿Son algunos de sus fracasos, fruto de haber vivido por fuera de la verdad de Dios? Ahora, usted necesita tomar este Jericó, clamar a Dios para que Él lo revele y así usted pueda en el poder del Señor, renunciar a esto al clavar toda mentira en la cruz del Calvario y llevar cada área a la verdad de Dios, que es en Cristo Jesús.

 

Y tal como también advierte el apóstol, no mirar desde la apariencia que hemos llamado «realidad». «Si alguno está persuadido en sí mismo que es de Cristo, esto también piense por sí mismo, que como él es de Cristo, así también nosotros somos de Cristo» (2 Corintios 10:7)

 

 

 

 

 

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