Santo Tomas de Aquino se ocupó del asunto, por considerarlo un “Pecado Capital”. Los pecados capitales, según la iglesia tradicional, son aquellos de los que se derivan muchos otros. Y lo relacionó directamente con lo que la tradición llama la carne, el cuerpo y por supuesto el sexo.
Lo explico así: La lujuria se dice ser el apetito del placer sensual; y el placer sensual no existe solamente en los placeres carnales, sino también en muchos otros. Luego la lujuria no tiene por objeto solo las concupiscencias y placeres carnales.
Por el contrario, se dice de los lujuriosos: el que siembra en la carne segará la corrupción de la carne. Pero la siembra de la carne se hace por los placeres carnales. Luego a estos pertenece la lujuria.
Responderemos que, como dice San Isidoro, se dice alguno lujurioso, como suelto a los placeres; y estos son los que más enervan el corazón del hombre, por consiguiente acerca de los placeres venéreos se considera principalmente la lujuria.[i] Suma Teológica Parte II, cuestión 153.
Aunque comparto con claridad el hecho de que ser lujuriosos es tener una idolatría por el placer, es decir, que el placer se puede convertir en Dios, en el centro de nuestras vidas, quisiera explorar un poco lo que se entiende hoy, a la luz de la palabra de Dios por lujuria y descartar de entrada la idea que todo placer es lujurioso, ya que la biblia no sataniza el placer como lo estigmatizaron tantos teólogos medievales. Pero si tiene la lujuria por un problema serio.
La lujuria no solo es únicamente un asunto sexual
Para nosotros, hijos de la reforma, la carne no significa necesariamente el cuerpo. En la mayoría de la teología tradicional, cuerpo, carne y sexo eran casi lo mismo. Pero la carne en griego es “Sarx”, que en realidad representa nuestra naturaleza terrena, moralmente caída, físicamente débil y opuesta a la espiritual. Pero no se refiere sólo a lo físico, ni a lo sexual. Podríamos decir que mentir, odiar, envidiar es tan carnal como fornicar porque lo carnal no es lo que se hace con el cuerpo en sí, sino lo que proviene de una naturaleza no renovada en Cristo. En esto disentimos de la comprensión de lo que es un asunto carnal. Pero si atribuyo un acierto a Santo Tomas al entender que la lujuria está relacionada con el desorden de los actos de los deseos y tal como el afirma en el mismo estudio de esta cuestión que “la lujuria no es vicio de cuerpos bellos y agradables, sino de un alma que ama perversamente los placeres corpóreos, despreciando la templanza”. No se dice que los placeres corpóreos sean en sí mismo malos; la maldad radica en amarlos “perversamente”. Lo que está en juego no es, en primer lugar, el cuerpo, sino el alma. Lo que está en juego, en definitiva, es el lugar que ocupa el placer en nuestras vidas. Y el remplazo del primer lugar que Dios ocupa en nuestro corazón por cualquier tipo de placer.
Comprender lo que significa en realidad la carnalidad, nos será de gran valor porque intentemos analizar como la lujuria es un asunto generalizado en nuestra naturaleza caída la que llamaremos carnal y no solo asociada al cuerpo o al sexo, aunque también lo incluye. Y que más bien está asociada al placer, no solo sexual. Aunque su origen sea un asunto del alma. Del alma que procura saciarse a sí misma en los placeres, aunque estos placeres sean de diferentes clases. No es el tipo de placer lo que define la lujuria, sino una situación de hambre insaciable de un alma que busca saciarse por sus propios medios por diferentes placeres.
Desde esta manera de entender la lujuria, las adicciones sexuales, la glotonería, la compulsión al ocio, la compulsión al consumo y en general los deseos desenfrenados que nos llevan a no saciarnos, caben en un mismo paquete. En el diccionario De La Real Academia de la Lengua: Del lat. Luxurĭa, Vicio consistente en el uso ilícito o en el apetito desordenado de los deleites carnales o Exceso o demasía en algunas cosas.
La lujuria es ante todo una especie de Idolatría.
Y es justo este desenfreno lo que termina siendo una idolatría. Es decir que el placer en si no es un pecado, no es idolatría el goce estético de una obra de arte, por ejemplo, cuando este placer glorifica a Dios en el acto mismo del disfrute sensual del color, la composición y el concepto. Creo que volveremos más adelante sobre este asunto en el capítulo dedicado a la naturaleza del placer santo. Pero aclaremos por ahora que la lujuria es un desorden del deseo de placer, que le da al mismo un lugar prioritario en la vida, aun usurpando el deseo por Dios y por su voluntad en nuestras vidas. Es en ello que es idolatría en el sentido que ocupa el lugar de Dios. Convirtiéndose en la fuerza que mueve lo vital en un ser humano. Este deseo desmedido de algo, que no logra ser saciado en lo natural se convierte en el motivo de cada día hasta llevarnos a la esclavitud.
La lujuria es nuestra intensión de saciarnos por nuestros propios medios
Asna montesa acostumbrada al desierto, que en su ardor olfatea el viento. De su lujuria, ¿quién la detendrá? Todos los que la buscaren no se fatigarán, porque en el tiempo de su celo la hallarán. Jeremías 2:24
Se refiere Jeremías a Israel, y lo sabemos porque en versículos anteriores así lo expresa:
Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua. ¿Es Israel siervo? ¿Es esclavo? ¿Por qué ha venido a ser presa? Jeremías 2:13-14
Más adelante encontramos este versículo que va iluminando nuestra alma para comprender qué es la lujuria…
Fornicaste también con los asirios, por no haberte saciado; y fornicaste con ellos y tampoco te saciaste. Multiplicaste asimismo tu fornicación en la tierra de Canaán y de los caldeos, y tampoco con esto te saciaste. Ezequiel 16:28-29.
Si lo asociamos con esta afirmación: Porque dos males ha hecho mi pueblo: me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua. Jeremías 2:13, podemos extraer una compresión interesante.
Qué significa cavar cisternas rotas, sino es abrir pozos para beber, pozos que al estar rotos no pueden contener el agua, y por lo tanto están vacíos y nos dejan secos, sedientos, sin ser saciados. Cuando El Señor le afirma a Israel…. Multiplicaste asimismo tu fornicación en la tierra de Canaán y de los caldeos, y tampoco con esto te saciaste. El sentido es el mismo, buscaste maneras de saciarte y no lo lograste. O sea que buscó acá y allá amantes y siguió igual, sin llenura alguna. Esto es la lujuria, procurar ser saciados por nuestra cuenta y quedar igual de vacíos para buscar más y más hasta rodar por un abismo sin fondo de deseo no saciado. Esclavizados en una búsqueda que nos deja peor que al principio.
La lujuria es consecuencia de nuestro desprendimiento de Dios como fuente inagotable de placer que sacia.
Pero recordemos que también El Señor afirma que su pueblo ha hecho dos cosas y la primera es “me dejaron a mí”.
Por lo cual entendemos que todo empieza cuando nuestra naturaleza desprendida de Él, está vacía. Y sin Él, no nos queda otro camino que buscar desenfrenadamente llenar nuestra sed con nuestras propias estrategias procurando saciar así, infructuosamente nuestro gran abismo interior.
De allí que muchas cosas no sexuales pueden incluirse en el paquete de los placeres que nutren la lujuria. No somos lujuriosos solamente por llevar una vida sexual desordenada sino por ser dominados por esa pulsión imperiosa hacia la búsqueda de la saciedad, que nos gobierna y nos deja muchas veces presos de todo tipo de verdugos que se nutren de nuestra gran necesidad de ser suplidos en placeres que no edifican o que procuran saciar lo que sólo se llena en Dios. Esa es la fuerza interna de búsqueda del placer desenfrenado que ha llevado a tantos a la decadencia moral y espiritual, a pesar de querer en el fondo del corazón agradar a Dios.
Creo que la lujuria radica, en procurar saciar lo que no se puede saciar con los placeres externos y que se es lujurioso cuando vehementemente buscamos el placer para saciarnos sin Dios.
O sea que no se es lujurioso por usar del placer, sino por usarlo sin el placer que genera el estar llenos en Dios. Y por buscar placeres que en poco nos sacian en El.
La lujuria es la búsqueda no solo desmedida, sino ilícita de placer.
No se es lujurioso por el uso medido o no, creo que algunos placeres merecen repetirse y que el límite no es un factor que defina en sí. Porque el límite es un asunto que varía de una persona a otra. Yo prácticamente no logro comprender los deportes extremos y estoy segura que si practicara por diez minutos un deporte extremo, moriría en el acto. Pero conozco hombres y mujeres de Dios muy santos y llenos del Espíritu que gustan y practican estos deportes porque necesitan otro nivel de adrenalina. Yo prefiero predicar de manera extrema o escribir y leer de manera extravagante y no porque sea más espiritual o más santa, es que el fuego lo tengo en las palabras, allí está mi adrenalina, en lo que pienso, discierno y hablo. Así que la medida del motivo de placer es un tanto relativa.
A la lujuria no la define el exceso de placer, sino el placer que pretende en su exceso llenar lo que no puede llenar, porque cierta saciedad de nuestra alma sólo se obtiene por nuestra comunión con El.
Lo que si resulta cierto es que nuestra comunión con El, con Dios, no solo nos sacia, sino que no determina los placeres que son posibles dentro de su voluntad. Nos marca un límite que hace que nuestra alma quede no solo saciada, sino en bienestar. Y por otra parte nos aporta una medida sana, equilibrada. La medida de Dios para cada uno de nosotros.
Porque aunque el placer es licito, no todo placer es lícito. O por lo menos no para aquellos que anhelamos seguir a Dios y a su consejo. Si él nos creó El sabrá que nos conviene. Hay placeres que edifican a nuestra alma, llenándola de bienestar y hay placeres que nos abren por caminos que nos llevan al desvarió y la locura. Hay placeres que destruyen nuestras almas.
También hay placeres legítimos, de los que debemos disfrutar. Y no hacerlo es tan pecaminoso como extraviarnos en otros. El más grande creador es también el más estético. Y mucho de lo creado fue hecho para nuestro disfrute. Hay parajes que delatan y gestos humanos que dan cuenta del placer de Dios al moldear con sus manos Santas lo que se inventó. La sola idea que nosotros, los hombres y mujeres tengamos buen humor es evidencia, de que alguien se está riendo en la eternidad. De dónde pueden sacar las culturas, y sin excepción, el buen humor; aun las más parcas tienen esos códigos secretos que nos hacen reír placenteramente. ¿Si el hombre y la mujer ríen o juegan no es pues un asunto de nuestra semejanza con Él? Dios no es sólo un creador, es estético y en ello es el creador de los más puros y dignos placeres.
Quiero de una vez sentar un precedente, no es que ser estético sea ser lujurioso. Contemplar la hermosura del Señor incluirá ver la tierra nueva que El hará con mayor deleite y gozo que lo que desde ya hemos visto con nuestros ojos. Admirar las estrellas fulgurantes en un cielo impecablemente oscuro, o el dorado de la tarde que matiza el verdor de las montañas o el disfrutar una cena en familia o un tiempo de sosiego con amigos es un gesto que realmente afirma la naturaleza de gozo y placer de Dios.
La lujuria es un síntoma , no una enfermedad
Ser lujurioso es un síntoma, no es la raíz de un problema, es la manifestación externa de un daño profundo dentro de nosotros mismos. Es el síntoma de un gran vacío espiritual y emocional no saciado en Dios. Y digo en Dios, porque no hay otra manera de saciar lo que fue diseñado así. Fuimos creados por Dios para estar llenos de Él. Cuando no entendemos esto empezamos a procurar saciarnos en nuestras fuerzas, cavamos las cisternas rotas de que nos habla Jeremías 2.13
Desde esta perspectiva, no se trata con nuestra lujuria, se trata con nuestros vacíos. No tiene sentido tratar la fiebre de un cuerpo enfermo cuando la fiebre solo es síntoma de otra cosa, que suele ser una infección. Puedo tomar pastas para bajar la fiebre y sin embargo la infección quedar intacta hasta avanzar y tal vez morir en ella.
Si algo necesitamos es con ahondar en nuestra relación con Dios hasta llegar a una llenura de El y una vez tratado nuestro faltante espiritual también de la mano del Espíritu Santo renovar las áreas emocionales, tal vez dañadas que agravan nuestros problemas de lujuria.
[i] Venéreo viene del Latín Venereus. Significa perteneciente o relativo a la Venus, Diosa del amor y la fertilidad. Se refiere al placer sexual.