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El Miedo En Una Sociedad Desconectada

El miedo es nuestra primera consecuencia emocional de lo que significa estar separados de Dios. Recibimos en el huerto la oferta de querer ser como Dios y la recibimos sin calcular las consecuencias, el gran Problema: Un engaño no resuelto, creer que podemos alcanzar lo que solo Dios puede: la vida cuando llega la muerte, la protección cuando llega el peligro, la provisión cuando llega la escases, consolar el dolor propio de un mundo caído.

Hemos basado nuestra existencia en una gran mentira: “Querer ser como Dios”. Nuestra conciencia sabe que, en el fondo de nuestro ser, hay una verdad: En nuestras propias manos estamos vacíos, necesitados y desprotegidos.

Hemos procurado suplir en vano este vacío, por eso hemos buscado lo que nos da la certeza o por lo menos la sensación de poder, seguridad, sentido, protección e identidad. Hemos diseñado nuestros propios mecanismos de seguridad social para tomar las riendas y suplantar a aquel que nos diseñó para recibir por gracia lo que implica ser hijos de un Creador que es un buen Padre. Sin embargo, hoy estamos puestos al borde de un abismo y es necesario entender que necesitamos quien nos ayude, proteja y socorra en un mundo que está patas arriba. Necesitamos volver a Dios. No a la religión, no a “lo espiritual”, a Dios Padre.

Reconocer la gracia de Dios es poder vivir siendo lo que somos en lo natural: carentes, pero recubiertos con un manto sobrenatural que nos provee, frágiles, pero contando con un poder que nos ayuda, dolidos, pero con quien nos consuele y fortalezca, llenos de incoherencias, pero dignos por sabernos perdonado por el único que tiene un sistema para tal propósito. Si no nos reabrimos a su amor y a su misericordia, jamás seremos libres del miedo.

No percatarnos de ello es tan fatal como la muerte eterna, y nos implicará seguir caminando en una farsa para compensar esta ausencia de Dios. Seguiremos llenado el gran vacío con los los artificios humanos del éxito, el progreso y el potencial a nuestra manera humanista.

Sin Él, somos como una lámpara desconectada que pretende dar luz en sí misma.

Nuestra sociedad humanista es eso, el hombre procurando desarrollar su potencial, como un sistema autosuficiente que se basta, asimismo.

Pero no somos ni autosuficientes, ni nos bastamos a nosotros mismos, somos seres necesitados, dependientes de una fuerza mayor a nosotros que no es humana. Somos seres desconectados que requieren volver a una conexión de intimidad con su creador.

Los sistemas educativos, políticos, deportivos, culturales, todos están asistidos por el mismo principio: Llegar a un punto máximo de desempeño, para obtener el reconocimiento de ser. La competencia es a muerte y contra la muerte de sí mismo y el galardón es la remuneración y reconocimiento que permite un mejor estatus, un mejor “modus vivendi” y por supuesto un hombre autosuficiente, que de manera contradictoria termina desgastado y vacío.

Asoma entonces en muchos el declive; para algunos el declive moral, los abusos del poder y la riqueza, los excesos denigrantes de no saber ser Dios, porque no se es, aunque se pretenda. Para otros el declive más puro, el de la insatisfacción interior expresada en la depresión palpable, en la soledad de una vida llena de hastío ;  otros, los que jamás encontrarán la salida, vivir en un estado de mente cauterizada, insensibles aun así mismos, caminando  como zombis, errantes en una sociedad que también ha perdido el derrotero, la conciencia; éstos estarán cada vez más cansados, pero aun así buscarán nuevos proyectos para callar su alarma interior hasta que su conciencia cauterizada les impida palpar la verdad de su hambre espiritual, morirán sin nunca ser testigos propios de su gran derrota, porque morirán satisfechos de sus logros mundanos, exitosos y completos a su propio criterio. Presos de su propia egolatría, pero con su espíritu muerto.

Estamos en una sociedad que ha llegado al clímax de un estado del ser que data de un tiempo muy antiguo, del día en que en el huerto del Edén nos desprendimos de Dios, es la expresión de la más grande carencia humana, la carencia de Dios. El hombre sin vida y carente de su sentido trascendente. Una raza errante que perdió desde el origen su rumbo y que en su miseria procura levantarse a sí misma como la salida.

Ese terror al sinsentido, al caos, al peligro y a la muerte tiene una salida. La siguiente serie de escritos pretende darte un mapa, una ruta para transitar hacia ese eslabón perdido, que ya te he dicho, no es otro que Dios. El único que te puede librar del miedo, que hoy asecha como un león rugiente, buscando a quien devorar.