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La Seguridad de los hijos de Dios

Mi gran preocupación es que, en estos tiempos de crisis, seguimos como creyentes, viviendo emocionalmente como si no fuéramos hijos de Dios. Tratando de asegurarnos por nosotros, lo que no podemos darnos, salvación y la seguridad de la vida.

Llenos de miedo a no ser protegidos, provistos, menguados; vivimos presos del miedo a no estar en un lugar seguro. Olvidamos que el vocablo “salvación” quiere decir justamente eso, ser apartados, puestos aparte en un lugar seguro. Y el lugar no es un espacio físico, el lugar es un estado, es un vivir en El, en Cristo.

El camino de salida al miedo es una cuestión de identidad, es saber quiénes somos, somos   hijos. Nuestra mayor seguridad es tener un Padre.

El enemigo pretendió la misma treta usada con Cristo. En aquella conversación del desierto, salido el Señor de sus cuarenta días de ayuno fue tentado justo en su calidad de hijo.

¿Porque atacar la identidad de Hijo? No me preocupa lo que se le ofreció, aunque todo es del orden del éxito, la posición y la riqueza. Veo que satanás intentó una vez más, muy sagaz llegar a la raíz: “Sí eres hijo”. La raíz que trató de ser socavada fue la misma identidad de ser hijo. ¿Por qué? Porque de allí resulta la fuerza verdadera para resistir la tentación de independencia del Padre. El enemigo quería volcar a Jesús a un estado de orfandad independiente. La cual por su puesto sería compensada con poder, éxito, fama y riqueza. Lo mismo que hoy se nos ofrece en el entorno de nuestra sociedad y por supuesto todo ello acompañado de un vivir en una zozobra que con frecuencia se torna de miedo a estados de pánico.

La identidad clara dará como resultado, no la certeza de los derechos como muchos hoy han enseñado, convirtiendo lamentablemente el tema de la identidad, en un tema de ¿Qué puedo poseer al tener al Padre? Sino mucho más. La identidad te otorga algo más profundo, porque  las provisiones, la fama, el éxito y el reconocimiento también los puede ofrecer el diablo, de hecho, se lo ofreció a Jesús, pero la vida, la eternidad, la existencia espiritual, el amor, el cobijo, la certeza del favor, la seguridad, la ternura, el cuidado, la dignidad y la vida solo nos la puede ofrecer el Señor, Nuestro Padre eterno.

El miedo es una condición propia del origen humano, desde que Adán se separó de Dios tuvo miedo, “El respondió oí tu voz en el Huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo y me escondí”. Este era el miedo de quien perdió la noción de la cobertura preciosa del amor Paternal. Ellos, Adán y Eva tomaron su propio destino, separados de Dios, ya no lograron captar la benevolencia de Su Señor y Padre, tenían en realidad un miedo culpable. Miedo es una profunda desconfianza del amor paternal y es fruto de nuestra condición de incredulidad.

De esta condición misma surge el miedo, aun como en el caso de Adán, “Miedo a Dios mismo; al castigo propio de quien falta. Adán no se imaginó jamás, que a pesar de su falta Dios mismo lo buscaría, lo llamaría, lo restauraría, la comunicación con un Adán caído y por voluntad propia cubriría su desnudez. (Génesis 3).

Génesis 28:17 Nos relata una situación similar a la de Adán, ante la presencia de Dios, Jacob “tuvo miedo” y en vez de experimentar la gloria de Dios, tiene una percepción que le lleva a expresar “Cuán terrible este lugar”. Donde pudo haber temor reverencial por la presencia de Dios. Un temor que nos acerca amorosamente a Dios dice que: “hubo miedo”. El miedo era parte de la vida de Jacob, en Génesis 31:31 también lo expresa así: “Respondió Jacob y dijo a Labán: Porque tuve miedo; pues pensé que quizás me quitarías por fuerza tus hijas”. El miedo era su consejero, las guía para las acciones de Jacob.

Nosotros también tenemos miedo. Podría afirmarse que una vez nos instalamos en nuestra condición de ser de raza caída, el miedo se convirtió en el instinto primario. El problema consiste en que el miedo se convierte en nosotros en una actitud permanente, desde la que nos guiamos, tomamos decisiones claves para nuestra vida, nos remontamos, nos relacionamos y en general construimos nuestra vida.

Este miedo es del que habla la Biblia y del que permanentemente nos alerta: ¡No tengas miedo! No temas dice El Señor: “No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia”. Isaías 41:10