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El Engaño De Una Fe Sin Gloria Venidera

La palabra de Dios revela permanentemente la gloria venidera. El apóstol Juan en su evangelio nos refiere con detalle la última oración de Cristo y en ella notamos una petición especial. Debemos suponer que al ser esta la última oración del Mesías debe contener una urgencia en su clamor. No se pide cualquier cosa cuando se está en el momento final.  Si la lucidez nos acompaña en el lecho de muerte, de seguro no pediremos por cualquier banalidad. Nuestra petición será relevante, trascendental. Así fue la oración de nuestro amado.  El contenido estaba centrado justamente en que nosotros, aquellos por los cuales el dio la vida, pudiéramos   compartir con Él la gloria postrera. La Gloria de la reunión final, del Padre, El                 Hijo y El Espíritu Santo. Esta fue la manera como oró:

Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado: por cuanto me has amado desde antes de la constitución del mundo. (Juan 17:24 RVES)

Se hizo hombre pero era Dios

Jesús fue visto en la tierra, y fue visto en semejanza a nuestra debilidad. “Semejante a los hombres”, dice la palabra en Filipenses. Despojado de su divinidad para hacerse a nuestra estatura. Para que cualquier persona pudiera tener un referente visible, comprensible a nuestra  mente limitada. Pero eso no quiere decir que no hubiera otra dimensión de Jesús. La dimensión del glorificado, del completamente Dios. Absolutamente divino. Se acerca el tiempo en          que veremos a éste Jesús de gloria.

¿Por qué los escogidos no parecemos percatarnos de la bondad de este fin, de esta visión preciosa?  ¿Por qué no aparece este elemento del evangelio como fuerza vital para nuestros días? Porque el enemigo se ha encargado de contaminar el evangelio con sus mentiras, al punto que los escogidos vivan sumergidos en el cumplimiento de todos los deseos de este mundo, y ajenos a los verdaderos deseos, los eternos, los de Dios, los gloriosos.

¿Cómo lo ha logrado el enemigo? De manera muy sencilla: enfatizando lo que no se enfatiza en la Biblia. Dentro de la Biblia aparecen elementos del evangelio que son importantes, pero que no son el fundamento central. La fe es importante pero el fundamento es Cristo. El enemigo ha enfatizado la fe dejando por fuera el fundamento. La persona de   Jesús.

Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo. (1 Corintios 3:11 RVES)

Una vez puesto el énfasis incorrecto – en la fe y no en El Señor de la fe- se desplazó el deseado, por lo deseado.

Ciertamente lo deseado puede ser un asunto aparentemente inocuo, espiritual, bueno. Pero, ¿no era el árbol del huerto bueno para comer, y  agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría?; y por esto, Eva tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido. Génesis 3:6 RVR1960

¿Qué predicaron los apóstoles?

 

La predicación que atrajo multitudes en la época de los apóstoles era en su contenido centrada en la obra del siervo sufriente. El libro de los Hechos nos relata, como a Pedro, el mismo Señor le agregó una multitud de tres mil oyentes. Con un mensaje centrado en la obra de Cristo en la cruz.  Sin más promesa que la gloria futura. Y sin vestigios de un tiempo mejor en la tierra.  O, ¿será atractivo para alguno, aquello que agregó Pedro,  sobre “un sol convertido en tinieblas y una luna en sangre”? No creo. Parece demasiado apocaliptico.

Entonces, ¿porqué el poder de este mensaje? Su poder residía en la verdad, Dios hecho hombre, prometido, encarnado, muerto y resucitado y en el poder del Espíritu Santo para conmover hacia El Padre. Asegurados en la promesa de Su eternidad. Conectados con su esfera sobrenatural y con su gloria eterna.

La fe no fue la substancia de la predicación de Pedro, ni tampoco la fe se centraba únicamente en asuntos terrenos, inmediatos, ni en una materialidad sin propósito. Todo lo terreno tiene sentido si nos prepara para lo eterno. Toda la fatiga y la obra del hombre en la tierra debe ayudarle a madurar para lo eterno y para El Eterno. Cuando se pierde este equilibrio. Cuando la tensión de estas dos instancias, el presente y el futuro, desaparece privilegiando lo que Dios nunca privilegio, entonces nuestra vida pierde el sentido.

Lejos la predicación de Pedro de los temas de hoy, llenos de codicia, promesas materialistas, enfatizando  un reino terreno, desprovisto de todo vestigio de la gloria futura.

¿No está la iglesia desenfocada en su deseo? El enemigo con sus argumentos mentirosos nos robó el enfoque    y por eso nos cuesta un trabajo inmenso anhelar al Deseado.

De allí que no hallemos en nuestro interior la pasión necesaria, la fuerza motora, para pasar las pruebas necesarias, en el hoy, con tal de volverlo a ver a Él en el mañana de la eternidad.

El miedo que experimentamos hoy los creyentes, frente a los principios de dolores, es el resultado de el énfasis en obtener los beneficios de la fe. Desechando a el autor de la fe. Una fe, que  bien enfocada, nos lleva a la pasión por el Deseado.

El evangelio que hemos recibido nos dejó estancados en la estación de nuestros deseos de una mejor vida aquí en la tierra. Hemos perdido el carácter de peregrinos y extranjeros. Queremos arraigarnos, transformar la sociedad, y quedarnos en un “mundo feliz”.

Olvidamos que en realidad esto es una estación, usada por Dios para restaurar una buena parte de nosotros y llevarnos a otra estación. El día en que el Padre conteste la petición del hijo: Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, ellos estén también conmigo; para que vean mi gloria que me has dado

La visión y al anhelo profundo de compartir la gloria venidera nos infundirá   la valentía para perder el miedo en las pruebas finales que se avecinan.

Pedro mismo caminó sobre las aguas.  Sus ojos permanecieron fijos en aquel a quien pretendía alcanzar. Una vez miro a las olas encrespadas, deslizando su mirada de la verdadera visión, salió de la esfera del milagro sobrenatural y cayó en medio de sus circunstancias. No se trata de ponderar la fe, ni lo que con ella se consigue, Se trata de ponderar a Cristo, el autor y consumador de la fe. (Hebreos 12.2).

Si hacemos de Cristo el centro, diremos que Pedro camino de manera milagrosa sobre las aguas, sin el temor a ahogarse mientras puso sus ojos en Cristo. El deseo de alcanzarlo le infundio la fe y la fuerza. Pero el fin de Pedro nunca fue probarse en el ejercicio del milagro, de la unción o del poder sobrenatural. Pedro quería alcanzar a Jesús, llegar a Él, tocarlo, caminar hasta llegar a Él. Este deseo le infundio la fe, le quito el miedo y fue hecho un milagro. Sin que ni la fe ni el milagro fueran el fin.  Jesús era su objetivo final.

La fe no es un fin, la fe es una llave que nos permite tener confianza el aquello que esperamos. Y lo que esperamos va más allá de lo que se nos otorga en este reino terreno. Esperamos al deseado y a las promesas de victoria que están presentes en El.