Blog

Escritos sobre poder y gobierno la preocupación humana: ¿El nombre y el poder?

Al día siguiente, el Concilio —integrado por todos los gobernantes, ancianos y maestros de la ley religiosa— se reunió en Jerusalén. El sumo sacerdote, Anás, estaba presente junto con Caifás, Juan, Alejandro y otros parientes del sumo sacerdote. Hicieron entrar a los dos discípulos y les preguntaron:

 —¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho esto? (Hechos 4:5-7 NTV)

 El problema surgió en el huerto, Dios preocupado porque su creación lo amara y lo conociera y el hombre preocupado por el saber y el cómo. Preocupados por ser como Dios. ¿No fue ese el ofrecimiento de Satanás?: “seréis como Dios sabiendo el bien y el mal”.

Estos hombres no se escaparon de la maldición del huerto. Ellos no estaban ni mínimamente preocupados por conocer al Cristo, sino por saber cómo operaba, con qué poder.

Por su parte los discípulos tenían otras preguntas como: ¿Eres tú el Mesías que había de venir? ¿Eres tú el Padre?  Y otras preguntas más, que, en ocasiones eran desafinadas en apariencia, pero estaban en la nota: querer conocer y amar a Dios por lo que es y no sólo por lo que El hace.

La naturaleza humana ama más al poder que a Dios, sino fuera así no veríamos la historia humana plagada de discordias a muerte en aras a definir quién manda. Y en este caso, la preocupación debió ser mayor porque estos gobernantes ciegos e ignorantes no tenían ni idea de cómo era posible que estos comunes iletrados dominaran sobre las tinieblas. Más adelante dice:

Los miembros del Concilio quedaron asombrados cuando vieron el valor de Pedro y de Juan, porque veían que eran hombres comunes sin ninguna preparación especial en las Escrituras. También los identificaron como hombres que habían estado con Jesús. (Hechos 4:13 NTV)

Comunes y sin ninguna preparación, no habían estado con los maestros de la época, no habían pasado por las charlas de instrucción de los principales de la sinagoga, no tenían dinero, no tenían renombre, no tenían nada. Tenían un solo secreto: habían estado con Jesús.

Que el Altísimo nos regale la gracia de estar con Él para disfrutarlo, para hablarle y que nos hable, para conocer su corazón maravilloso y bueno, para poder apreciar la belleza de su mano sobre nuestras vidas, su fidelidad infinita , su sabiduría asombrosa. Ese es el punto. La unción de los milagros solo es necesaria para poder llamar a celo a tanto incrédulo que requiere ser salvo, ser asombrado. Pero que nuestro asombro sea Él.

El poder sobrenatural sea una añadidura y no un fin.

Él quiere un pueblo que este con El, que lo conozca, que pueda El decir en el día de las bodas: ” Hemos estado enamorados, nos conocemos”.

Por eso es un pecado inmenso usar el nombre de Cristo para obtener cualquier tipo de poder natural. Sea político, económico o social. El poder de Dios es real y es para su gloria y para dar testimonio solo de Él. Es un poder dado con un fin específico: testificar de Él y de su Reino.

Por eso quienes enseñamos al pueblo debemos mantenernos enfocados en llevar a las personas a Jesús. No debe ser nuestro enfoque llevarlos a buscar el poder, sino a Jesús. De allí de la manera más natural saldrá la verdad, la unción, el enfoque correcto, la sabiduría.

Debemos ser celosos en que Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo sean el centro de nuestra vida y de todos nuestros quehaceres. Así saldrá de los lomos de la iglesia un pueblo santo que cuando participe del mundo no se corrompa en El.

Si usamos la unción, la iglesia o el nombre de Cristo   para robustecer nuestro reino pecamos y gravemente. no nos pase como a   estos que gobernaban , a quienes les preocupaba como en Babel “un nombre.” “En nombre de quien” preguntaron.

Es la misma preocupación del sistema de Babilonia: hacerse a un nombre. Ser reconocidos, exaltados. Que nuestro nombre aparezca en alguna parte de la historia. Eso es, fue y será en nuestros corazones mientras no hagamos de Dios nuestra pasión, nuestra vida, nuestro más alto placer, nuestro desvelo. Entonces ya no nos importará ni el poder, ni el nombre. Estaremos entonces preparados para las bodas del cordero, para ser su esposa por la eternidad.